La decadencia de los paros en la UNAM
Los paros en la Máxima Casa de Estudios son una herencia de los movimientos estudiantiles del siglo pasado, en particular de la huelga de 1999, una medida de presión concebida para obligar a las autoridades a rendir cuentas y ofrecer resultados frente a demandas legítimas de la comunidad universitaria. Desafortunadamente, en la actualidad se han convertido en una forma que remplazó la vida académica, el diálogo y la crítica por la descalificación y el dogmatismo.
La ruptura del acuerdo al no paro
El pasado 24 de octubre, alrededor de las 20:00 horas, encapuchados que mantienen tomada la Facultad de Filosofía y Letras se negaron a devolver las instalaciones ya que, dicho en sus propias palabras: “dadas las circunstancias de la asamblea el día de ayer, y con eso añadiendo la nula resolución por parte de las autoridades escolares, se ha decidido mantener el paro, así que pedimos no caer en desinformación y amarillismos”, según se pudo leer en un mensaje que circuló a las 20:31 en diversos grupos de WhatsApp de la facultad. La asamblea a la que hace referencia el mensaje se realizó en el Auditorio Justo Sierra, ocupado ilegalmente desde hace 25 años.
Dicha asamblea tuvo una duración de casi siete horas y entre sus principales acuerdos destacó el de entregar la facultad a las autoridades. Es importante señalar que ese día, los estudiantes del Sistema de Universidad Abierta y Educación Abierta (SUAyED) presentaron los resultados de la consulta, sobre sí se continuaba o no el paro, que llevaron a cabo mediante el servicio de Identidad Digital Universitaria (IDU) operado por la Dirección General de Cómputo y de Tecnologías de Información y Comunicación (DGTIC) de la misma universidad, en dicha jornada se obtuvieron 466 votos contra el paro y 142 a favor, no hay que perder de vista este dato porque es un hecho novedoso dentro de la organización estudiantil.
Los antecedentes
El origen de los paros este semestre se debe al asesinato de Jesús Israel Hernández Chávez, un estudiante de dieciséis años del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) plantel sur, el pasado 25 de septiembre, a manos de otro estudiante llamado Lex Ashton. A partir de ese momento, diferentes planteles de la universidad comenzaron a organizarse, legítimamente, para exigir mayor seguridad en los planteles y una atención a la salud mental de los universitarios, también se debe tomar en cuenta la jornada por la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa y el aniversario del 2 de octubre. Filosofía y Letras no se mantuvo ajena y rápidamente se convocaron a asambleas para tratar el tema, sin embargo, en menos de un mes, lo que debió ser un llamado concreto a la toma de acciones terminó por convertirse en el problema de cada semestre; parálisis de la vida académica, ataques entre diferentes grupos estudiantiles, así como la clara división de las diferentes comunidades que integran la facultad.
Lo anterior se ha convertido en un problema dentro de la cultura política de la UNAM, normalizar la interrupción de la vida académica por grupos, internos o externos, que toman las diferentes escuelas y facultades amparados en asambleas interminables que desgastan a sus participantes, vacías ideológicamente, con la asistencia de menos del diez por ciento de la población estudiantil pero que tienen como consigna la defensa de derechos sociales y el reclamo de exigencias que forman parte de la coyuntura nacional o internacional, por ejemplo, el caso del genocidio perpetrado por Israel en contra de Palestina.
La urgente autocrítica para las asambleas
Lejos de ser un espacio donde el diálogo y la crítica sean una moneda de cambio para los universitarios, las asambleas que sustentan los paros se transformaron en espacios separatistas, donde pensar diferente es una causa directa de ataques, burlas y descalificaciones que vulneran los derechos de los participantes, al mismo tiempo que ponen en tela de juicio a las personas que las encabezan. Cuestionar las estrategias que se proponen para atender problemáticas sociales no debería ser una razón para anular al otro, ni tampoco una forma de justificar la exclusión a la que han llegado grupos estudiantiles que aseguran representar “a la comunidad” pero que en la práctica se dedican a marginar métodos de organización diferente, como en el caso de los estudiantes que pertenecen al Sistema de Universidad Abierta (SUA) que optaron por utilizar la IDU en lugar de realizar una asamblea para la última consulta sobre el paro.
Los movimientos estudiantiles han sido fundamentales para la instrumentación de cambios políticos en la historia reciente del México contemporáneo, como en el caso del movimiento de 1968, que marcó el inicio de la lucha por la apertura democrática en contra del autoritarismo institucionalizado de la revolución. No podemos ni debemos permitir que las facultades de la Universidad Nacional sean rehenes de la cerrazón, la intolerancia y el vandalismo de sus instalaciones, donde el miedo prive a los estudiantes a expresarse de forma diferente. Por ese motivo, la Facultad de Filosofía y Letras debe reanudar su vida académica para continuar siendo el epicentro de las humanidades de este país.



