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octubre 30, 2018

Perreo y libertad – La Puri (Buga el que no lo lea)

“No sé por qué me sentía tan bien bailando como puta”. Era algo que yo había pensado también pero no me había atrevido a decir. Comíamos tacos entre risas y recuerdos de la noche anterior. Nos dolían los brazos de tanto bailar en el tubo y las piernas de tanto ir “hasta abajo”. Había sido una noche muy divertida, sin embargo la plática tenía un tono más antropológico.

Al llegar a La Puri, hay que hacer dos filas. Una de hombres y otra de mujeres. Es probablemente la única que ocasión que he visto en donde los hombres son más. Una policía me catea mientras revisa mi identificación. La gente que me rodea es de géneros tan líquidos como sus orientaciones sexuales. Finalmente la persona de la taquilla me pone un brazalete en el que se lee “PUTO”. Agradezco amablemente mientras me da la bienvenida. Me dirijo a un túnel iluminado de luces fosforescentes pastelosas hacia una bomba de gente para explotar voluntariamente.

La canción que me recibe es alguna de Los Fabulosos Cadillacs o de Ana Gabriel, o Shakira de los 90’s, o Daft Punk, o Led Zeppelin. No importa, todos se saben todas.

Paso junto a una pintura excepcional de Fabian Chairez: dos hombres con barba sostienen un cirio entre ellos. Sus ropas indican que son personajes religiosos, pues usan una casulla roja y detrás de sus cabezas hay una corona luminosa que indica lo divinos que son. El cirio está encendido y cae cera blanca, que ambos hombres lamen apasionadamente.

Detrás de la pared del bar hay decenas de dildos que brillan con luces de colores. Un Cristo crucificado usa elementos de cuero y zapatos de tacón. Vitrales hacen referencia a iglesias, con escenas de Adanes y Evas que indiscretamente desafían la masculinidad, juegan con la sexualidad y cuestionan los límites simbólicos de la religión católica.

Al ver cómo se desenvuelven ellos, ellas, todos, es inevitable contagiarse de esa euforia sin prejuicios. Después de un rato tocan la canción de Puto de Molotov, al terminar se escucha una voz masculina que grita en el micrófono “¡putos pero orgullosos!” y mi carcajada se ahoga en una ola de gritos eufóricos. “¡Puro pinche mal gusto!” continúa la voz más tarde, para poner a continuación la canción del Sapito de Belinda. La masa de gente se alborota por el rolón.

A diferencia de otros clubs nocturnos, no tengo cuidado de cómo bailar, no hay peligro de que algún hombre piense algo malo de mí y se acerque, o de que piense algo bueno de mí y se acerque. Sólo mis amigos alrededor. Y si alguien se acerca, no es no y el baile sigue. No hay estado de alerta, de control, de cordura. Me doy cuenta de las pocas veces que he sentido que la sensualidad no se condena en un lugar público. Miro a mi alrededor y entiendo con claridad por primera vez por qué la comunidad LGBT lucha. Porque es una vergüenza de que sean tan pocos los lugares en donde puedan ser ellos/as mismos/as sin discriminación ni peligro. Parecería que cantar las canciones con letras sexuales fuera un acto de liberación y no de estupidez como cuando se escuchan en la radio.

Muchas personas dicen que La Purísima ya no es lo mismo que antes, que hay demasiada gente, que hace mucho calor, que ya no es auténtica, pero yo sigo sin encontrar un hito de libertad como éste en la Ciudad de México. La gente es de todas edades y clases sociales, pero todos buscamos lo mismo.

“Me pregunto cómo sería si en los bares “heterosexuales” se sintiera tanta libertad”, pregunta mi amiga. No lo sé. ¿Será que en esos lugares no se busca la libertad con tanta desesperación porque no están tan reprimidos? ¿o sí lo están? ¿será que vivimos dopados pensando que somos libres?

Nos sacan a las 3am por las puertas enormes de emergencia, sudorosos, sonrientes, comentando con emoción lo que vimos y lo que no vimos por estar bailando. Miro con alegría a quienes me rodean. Ojalá se viviera con tanta autenticidad de día y en todas partes.

Imagen: La venida del señor, Fabian Chairez. www.vice.com