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septiembre 30, 2018

El 2 de octubre en 2018

@octaviosolis

Cierto es que el movimiento estudiantil de 1968 en México es más que el 2 de octubre, incluso es más que un movimiento estudiantil, ya que estalló como tal, pero culminó como insurrección popular. Las tres grandes marchas convocadas por el Consejo Nacional de Huelga (CNH) fueron ampliamente respaldadas por sectores populares, que veían reflejados sus anhelos de libertades políticas, negadas durante décadas.

La trágica represión en la Plaza de las Tres culturas ha eclipsado en buena medida, muchos otros aspectos de la rebelión juvenil que también son dignos de no olvidarse jamás, como la alegría, las voces del silencio, la libertad, el enamoramiento colectivo, la eficacia organizativa, y el post 68. El mito de la Revolución mexicana únicamente podía erosionarse en una colisión con otro mito, y ese fue lo que pasó en 1968, pues es ahí cuando surge un mito con raíces profundamente de izquierda.

El trauma colectivo de la masacre es un ancla en la memoria histórica, que sirve de llave maestra para mantener vivo el pasado, pero eso no es suficiente. La frase ¡Ni perdón ni olvido! es tan sólo la herida abierta pero no la clave para entender cómo es que el pasado se resignifica generación tras generación.

En los primeros años posteriores a la matanza, el recuerdo paralizaba; para que una manifestación volviera a recuperar el Zócalo de la Ciudad de México tardó algún tiempo, de ahí la represión del 10 de junio de 1971; el objetivo fue refrendar lo que el régimen autoritario había querido restaurar: el miedo, sentimiento devorador de política, pues el gobierno es el único que podía ejercerla.

La principal inquietud de estas líneas es tratar de responder a la duda ¿Por qué en los eventos conmemorativos de los 50 años del 68, hay escasa asistencia de jóvenes y al contrario de ello, los hay por miles en las manifestaciones recientes? Me parece que la clave de ello se encuentra en que el mito se manifiesta de dos formas, una como petrificación y otra como una fuerza viva. En su primera versión sólo es asequible en los museos, mientras que desde la otra forma, retorna cíclicamente en la praxis histórica.

El mito del 68 jugó un papel importante en las movilizaciones recientes de los estudiantes en rechazo a la agresión de los porros contra la marcha del día 3 de septiembre, frente a la rectoría de la Universidad Nacional. Dos días después fue convocada una movilización de por lo menos 60 mil jóvenes en Ciudad Universitaria. De inmediato se organizaron en asambleas que impulsaron paros en menos de 24 horas en casi todas las escuelas y facultades. Yo no tengo la menor duda que uno de los elementos que jugaron en la ecuación de ese estallido social fue el imaginario de las jornadas de lucha de hace 50 años.

Desde la aparición de #yoSoy132 (2012), Ayotzinapa (2014), los sismos de 2017 y con la organización estudiantil reciente, me queda claro que esta generación ha decidido vivir el mito y no sólo contemplarlo en los museos. La memoria no se crea ni se destruye, sólo se decanta, y en ese eterno retorno del pasado, lo que emana con más fuerza puede ser la tragedia y el dolor de la represión, o la alegría, la esperanza que brotan cuando se reconoce desde la conciencia, el espacio compartido: la política. Esta marcha del 2 de octubre, a 50 años, es una muestra de esa actualidad y vigencia del mito de 1968, el cual aún incendia el imaginario colectivo de las juventudes en México.

Marcha 1968 – 2018. Archivo Consideraciones.